lunes 30 de noviembre de 2009

¡Umberto Eco masacra Google!

No se puede negar. Twitter está en la cresta de la ola y es una de las pocas redes sociales que marcan tendencia en todo lo que respecta a Social Media. La incorporación de “listas” a su servicio generó miles de opiniones, en su mayoría positivas, y de nuevo la empresa del pajarito se alzó con un triunfo más en materia de innovación en experiencia de usuario.

Sin embargo, las listas parece que no son un cuento particular de esta modernidad, ni una enfermedad exclusiva de los blogs de Internet. La versión digital de la afamada revista alemana SPIEGEL se ha dado el lujo de entrevistar, nada más ni nada menos, que a Umberto Eco, el exitoso novelista y semiólogo italiano, autor de “El Nombre de la Rosa” y “El Péndulo de Foucalt”, entre otros.

En esta entrevista, Eco habla del lugar que ocupan las listas en la historia cultural, por qué les resultan tan atractivas a los seres humanos y sobre cómo las listas de Google no son de confiar. A continuación, mi traducción de la charla:

“Nos gustan las listas porque no queremos morir”

umberto eco 300x209 Umberto Eco habla de listas ¿Les suena?

SPIEGEL: Señor Eco, usted está considerado como uno de los más grandes eruditos del mundo y ahora está abriendo una exhibición en el Louvre, uno de los museos más importantes del mundo. Los tópicos de su exhibición suenan un poco a lugar común, sin embargo: la naturaleza esencial de las listas, poetas que listan cosas en sus trabajos y pintores que acumulan cosas en sus pinturas. ¿Por qué eligió estos tópicos?

Umberto Eco: La lista es el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y la literatura. ¿Qué es lo que quiere la cultura? Quiere hacer que la infinidad sea comprensible. También quiere crear orden — no siempre, pero con frecuencia. ¿Y cómo uno, como ser humano, se enfrenta a la infinidad? ¿Cómo intenta uno comprender lo incomprensible? A través de listas, catálogos, a través de colecciones en museos y mediante enciclopedias y diccionarios. Existe un encanto por ennumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: fueron 2.063, de acuerdo al libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte. También tenemos listas completamente prácticas — la lista del supermercado, el testamento, el menú — que también son logros culturales en sí mismos.

SPIEGEL: ¿Debería la persona culta ser entendida como un custodio que busca imponer orden en los lugares donde el caos prevalece?

Eco: La lista no destruye la cultura; la crea. Donde quiera que usted mire en la historia cultural, encontrará listas. De hecho, existe una selección vertiginosa: listas de santos, ejércitos y plantas medicinales, o de tesoros y títulos de libros. Piense en la naturaleza de las colecciones del siglo 16. Mis novelas, por cierto, están llenas de listas.

SPIEGEL: Los contadores hacen listas, pero también se las puede encontrar en los trabajos de Homero, James Joyce y Thomas Mann.

Eco: Sí. Pero ellos, por supuesto, no son contadores. En “Ulises”, James Joyce describe cómo su protagonista, Leopold Bloom, abre sus cajones y encuentra todas las cosas que hay en ellos. Yo veo esto como una lista literaria, y dice mucho acerca de Bloom. O tomemos a Homero, por ejemplo. En la “Ilíada”, intenta transmitir una impresión del tamaño del ejército griego. Primero utiliza símiles: “Como cuando un gran incendio en el bosque arde furiosamente en la cima de una montaña y su luz se puede ver desde lejos, aún así, mientras marchan, el reflejo de su armadura destella hacia el firmamento.” Pero no está satisfecho. No puede encontrar la metáfora adecuada, y le ruega a la musa que lo ayude. Entonces se le ocurre la idea de nombrar muchos, muchos generales y sus naves.

SPIEGEL: Pero al hacer esto, ¿no se está apartando de la poesía?

Eco: En un primer momento, pensamos que una lista es primitiva y típica de las culturas tempranas, las cuales no tenían un concepto exacto del universo y por lo tanto estaban limitadas a listar las características que podían nombrar. Pero, en la historia de la cultura, la lista ha prevalecido una y otra vez. No es bajo ningún concepto una expresión de las culturas primitivas. Una imagen muy clara del universo existió en la Edad Media, y había listas. Una nueva visión global basada en la astronomía predominó durante el Renacimiento y el Barroco. Y había listas. Y la lista ciertamente prevalece en la era posmoderna. Tiene una magia irresistible.

SPIEGEL: ¿Pero por qué Homero lista a todos esos guerreros y sus naves si sabe que nunca podría nombrarlos a todos?

Eco: El trabajo de Homero golpea una y otra vez el topos de lo inexpresable. La gente siempre hará eso. Siempre hemos estado fascinados por el espacio infinito, por las estrellas sin fin y por las galaxias sobre galaxias. ¿Cómo se siente una persona cuando mira al cielo? Piensa que no le alcanzan los idiomas para describir lo que ve. No obstante, la gente jamás ha dejado de describir el cielo, simplemente listando lo que ven. Los enamorados están en la misma posición. Experimentan una deficiencia en el lenguaje, una escasez de palabras para expresar sus sentimientos. ¿Pero los enamorados alguna vez dejaron de intentarlo? Crean listas: tus ojos son tan hermosos, y también tu boca, y tu cuello… Podríamos entrar en grandes detalles.

SPIEGEL: ¿Por qué perdemos tanto tiempo intentando completar cosas que realísticamente no pueden ser completadas?

Eco: Tenemos un límite, un límite muy desalentador y humillante: la muerte. Por eso es que nos gustan todas las cosas que presumimos no tienen límite y, por lo tanto, ningún final. Es una forma de escapar de los pensamientos sobre la muerte. Nos gustan las listas porque no queremos morir.

SPIEGEL: En su exhibición en el Louvre, también estará mostrando trabajos derivados de las artes visuales, tales como naturaleza muerta. Pero estas pinturas no tienen marcos, ni límites, y no pueden representar más allá de lo que ya están representando.

Eco: Al contrario, la razón por la que nos gustan tanto es porque creemos que somos capaces de ver mucho más en ellos. Una persona contemplando una pintura siente la necesidad de abrir el marco y ver como lucen las cosas a la izquierda y a la derecha de la pintura. Esta clase de pintura es verdaderamente una lista, un recorte de infinidad.

SPIEGEL: ¿Por qué éstas listas y acumulaciones son tan particularmente importantes para usted?

Eco: La gente del Louvre me planteó si me gustaría curar una exhibición allí, y me pidieron de crear un programa de eventos. La simple idea de trabajar en un museo era muy atractiva para mí. Estuve solo allí recientemente, y me sentí como un personaje de una novela de Dan Brown. Era al mismo tiempo fantasmagórico y maravilloso. De inmediato me di cuenta que la exhibición se enfocaría en las listas. ¿Por qué estoy tan interesado en el tema? Sinceramente no sé. Me gustan las listas por la misma razón que a otra gente le gusta el fútbol o la pedofilia. Las personas tienen sus preferencias.

SPIEGEL: Igual, usted es famoso por tener la capacidad de explicar sus pasiones…

Eco: … pero no para hablar de mí mismo. Mire, desde la época de Aristóteles, hemos estado intentando definir las cosas basándonos en su esencia. ¿La definición de hombre? Un animal que actúa de manera deliberada. Ahora, le llevó 80 años a los naturalistas para que se les ocurriera la definición de un ornitorrinco. Les fue extremadamente difícil describir la esencia de este animal. Vive bajo el agua y en la tierra; pone huevos pero es un mamífero. ¿Cómo fue la descripción? Fue una lista, una lista de características.

SPIEGEL: Una definición podría ser posible con un animal más convencional.

Eco: Quizás, ¿pero eso haría interesante al animal? Piense en un tigre, al cual la ciencia lo describe como un depredador. ¿Cómo una madre describiría un tigre a su niño? Probablemente usando una lista de características: el tigre es grande, es un gato, amarillo, a rayas y es fuerte. Sólo un químico se referiría al agua como H2O. Pero yo digo que es líquida y transparente, que la bebemos y que podemos lavarnos con ella. Ahora finalmente puede ver de lo que estoy hablando. La lista es la marca de una sociedad altamente avanzada y culta porque una lista nos permite cuestionarnos las definiciones esenciales. La definición esencial es primitiva comparada con la lista.

SPIEGEL: Pareciera que lo que usted está diciendo es que deberíamos dejar de definir las cosas y que progreso, en realidad, solamente significaría contar y listar cosas.

Eco: Puede ser liberador. El Barroco fue una era de listas. De repente, todas las definiciones escolásticas que se habían hecho en las eras anteriores ya no fueron válidas. La gente intentó ver el mundo desde una perspectiva diferente. Galileo describió nuevos detalles acerca de la luna. Y, en el arte, las definiciones establecidas fueron literalmente destrozadas y el rango de tópicos fue tremendamente expandido. Por ejemplo, veo las pinturas del Duque Barroco como listas: la naturaleza muerta con todas esas frutas y las imagenes de los opulentos armarios de curiosidades. Las listas pueden ser anarquistas.

SPIEGEL: Pero usted también dijo que las listas pueden establacer un orden. ¿Entonces, aplican tanto como anarquía y como orden? Eso haría que la Internet, y las listas que el motor de búsqueda Google crea, fueran perfectas para usted.

Eco: Si, en el caso de Google, ambas cosas convergen. Google hace una lista, pero al minuto que miro mi lista generada por Google, ya ha cambiado. Estas listas pueden ser peligrosas — no para gente vieja como yo, que ya hemos adquirido el conocimiento de otra forma, sino para la gente joven, para quienes Google es una tragedia. Las escuelas deberían enseñar el arte supremo de cómo ser discriminativo.

SPIEGEL: ¿Está diciendo que los maestros deberían instruir a los alumnos a diferenciar el bien del mal? Si esto es así ¿cómo deberían hacerlo?

Eco: La educación debería regresar a la forma que era en los talleres del Renacimiento. Allí, los maestros no necesariamente habían sido capaces de explicar a sus alumnos por qué una pintura era buena en términos teóricos, pero sí lo hacían en formas más prácticas. Mire, así es como se puede ver su dedo, y esto es cómo debe verse. Mire, esta es una buena mezcla de colores. El mismo enfoque debería ser usado en la escuela cuando hablamos de la Internet. El maestro debería decir: “Elijan cualquier tema antiguo, podría ser la historia de Alemania o la vida de las hormigas. Busquen 25 páginas web diferentes y, por comparación, traten de diferenciar cuál de ellas tiene buena información.” Si 10 páginas describen la misma cosa, puede ser un signo de que la información estampada allí es correcta. Pero también puede ser un signo de que algunos sitios meramente han copiado los errores de otros.

SPIEGEL: Usted mismo es más proclive a trabajar con libros, y usted posee una biblioteca de 30.000 volúmenes. Es probable que no funcione sin una lista o sin un catálogo.

Eco: Me temo que, en este momento, deben ser unos 50.000 libros. Cuando mi secretaria quizo catalogarlos, le pedí que no lo hiciera. Mis intereses cambian constantemente, al igual que mi biblioteca. A propósito, si usted cambia constantemente sus intereses, su biblioteca constantemente dirá algo diferente sobre usted. Además, aún sin un catálogo, estoy obligado a recordar mis libros. Tengo un pasillo para literatura que mide 70 metros de largo. Paso por allí varias veces al día, y me siento bien cuando lo hago. Cultura no significa saber cuando murió Napoleón. Cultura significa saber cómo puedo averiguarlo en dos minutos. Por supuesto, hoy en día puedo encontrar esta clase de información en la Internet en un santiamén. Pero, como ya dije, nunca se sabe con la Internet.

SPIEGEL: Usted incluye una linda lista del filósofo francés Roland Barthes en su nuevo libro, “El Vértigo de las Listas”. Él lista las cosas que le gustan y las que no. A él le encantan la ensalada, la canela, el queso y las especias. Detesta a los ciclistas, a las mujeres con pantalones largos, los geranios, las frutillas y el clavicordio. ¿Qué hay de usted?

Eco: Sería un tonto si contestara eso; significaría inmovilizarme. Estuve fascinado con Stendhal a los 13 y con Thomas Mann a los 15 y, a los 16, amé a Chopin. Luego pasé mi vida conociendo al resto. Ahora mismo, Chopin está de nuevo en la cima. Si usted interactúa con cosas en su vida, verá que todo se encuentra en constante cambio. Y si nada cambia, usted es un idiota.

Entrevista realizada por Susanne Beyer y Lothar Gorris

jueves 27 de agosto de 2009

El hombre invisible - G.K. Chesterton

En la fresca penumbra azul, una confitería de Camden Town, en la esquina de dos empinadas calles, brillaba como brilla la punta del cigarro encendido. Como la punta de un castillo de fuegos artificiales, mejor dicho, porque la iluminación era de muchos colores y de cierta complejidad, quebrada por variedad de espejos y reflejada en multitud de pastelillos y confituras doradas y de vivos tonos. Los chicos de la calle pegaban la nariz al escaparate de fuego, donde había unos bombones de chocolate. Y la gigantesca tarta de boda que aparecía en el centro era blanca, remota, edificante, como un Polo Norte digno de ser engullido. Era natural que este arco iris de tentaciones atrajera a toda la gente menuda de la vecindad que andaba entre los diez y los doce años. Pero aquel ángulo de la calle ejercía también una atracción especial sobre gente algo más crecida; en efecto: un joven de hasta veinticuatro años al parecer estaba también extasiado ante el escaparate. También para él la confitería ejercía un singular encanto; pero encanto que no provenía precisamente del chocolate, aunque nuestro joven estaba lejos de mirar con indiferencia esta golosina.

Era un hombre alto, corpulento, de cabellos rojizos, de cara audaz y de modales un tanto descuidados. Llevaba bajo el brazo una abultada cartera gris, y en ella dibujos en blanco y negro, que venía vendiendo con éxito vario a los editores desde el día en que su señor tío -un almirante- le había desheredado por razón de sus ideas socialistas, tras una conferencia pública que dio el joven contra las teorías económicas recibidas. Llamábase John Turnbull Angus.

Se decidió a entrar, atravesó la confitería y se dirigió al cuarto interior -especie de fonda y , pastelería- y al pasar saludó, descubriéndose un poco, a la damita que atendía al público. Era ésta una muchacha elegante, vivaz, vestida de negro, morena, de lindos colores y de ojos negros. Tras el intervalo habitual, la muchacha siguió al joven al cuarto interior para ver qué deseaba.

Él deseaba algo muy común y corriente:

-Haga el favor de darme -dijo con precisión- un bollo de a medio penique y una tacita de café solo.

Y antes de que la muchacha se volviera a otra parte, añadió:

-Y también quiero que se case usted conmigo.

La damita contestó, muy altiva:

-Ése es un género de burlas que yo no consiento.

El rubio joven levantó con inesperada gravedad sus ojos grises, y dijo:

-Real y verdaderamente, es en serio, tan en serio como el bollo de a medio penique; y tan costoso como el bollo: se paga por ello. Y tan indigesto como el bollo: hace daño.

La joven morena, que no había apartado de él los ojos, parecía estarle estudiando con trágica minuciosidad. Al acabar su examen, había en su rostro una como sombra de sonrisa; se sentó en una silla.

-¿No cree usted -observó Angus con aire distraído- que es una crueldad comerse estos bollos de a medio penique? ¡Todavía pueden llegar a bollos de a penique! Yo abandonaré estos brutales deportes en cuanto nos casemos.

La damita morena se levantó y se dirigió a la ventana, con evidentes señales de preocupación, pero no disgustada. Cuando al fin volvió la cara con aire resuelto, se quedó desconcertada al ver que el joven estaba poniendo sobre su mesa multitud de objetos y golosinas que había en el escaparate: toda una pirámide de bombones de todos colores, varios platos de bocadillos y los dos frascos de ese misterioso oporto y ese misterioso jerez que sólo sirven en las pastelerías. Y en medio de todo ello había colocado el enorme bulto de aquella tarta espolvoreada de azúcar, que era el principal ornamento del escaparate.

-Pero, ¿qué hace usted?

-Mi deber, querida Laure -comenzó él.

-¡Oh, por Dios¡ Pare, pare: no me hable usted así. ¿Qué significa todo esto?

-Un banquete ceremonial, Miss Hope.

-¿Y eso? -dijo ella, impaciente, señalando la montaña de azúcar.

-Eso es la tarta de bodas, señorita Angus -contestó el joven.

La muchacha le arrebató la tarta y la volvió a su sitio de honor; después volvió adonde estaba el joven, y, poniendo sobre la mesita sus elegantes codos, se quedó mirándolo cara a cara, aunque no con aire desfavorable, sí con evidente inquietud.

-Y ¿no me da usted tiempo de pensarlo? preguntó.

-No soy tan tonto -contestó él-. -¡Tanta es mi humildad cristiana!

Ella seguía contemplándole; pero ahora, tras la máscara de su sonrisa, había una creciente gravedad.

-Mr. Angus -dijo con firmeza-; basta de niñerías: no pase un minuto más sin que usted me oiga. Tengo que decirle algo de mí misma.

-¡Encantado! -replicó Angus gravemente- y ya que está usted en ello, también debería. usted decirme algo sobre mí mismo.

-Ea, calle usted un poco y escuche. No es nada de que tenga yo que avergonzarme ni entristecerme siquiera. Pero, ¿qué diría usted si supiera que es algo que, sin ser cosa mía, es mi pesadilla constante?

-En tal caso -dijo. seriamente el joven-, yo le aconsejo a usted que traiga otra vez la tarta de boda.

-Bueno, ante todo, escuche usted mi historia -insistió Laure-. Y, para empezar, le diré que mi padre era propietario de la posada «El Pez Rojo», en Ludbury, y era yo quien servía en el bar a la parroquia.

-Ya decía yo -interrumpió él- que había no sé qué aire cristiano en esta confitería.

-Ludbury es un triste soñoliento agujero de los condados del Este, y la única gente que aparecía por «El Pez Rojo» era, amén de uno que otro viajante, de lo más abominable que usted haya visto, aunque usted no ha visto eso jamás. Quiero decir que eran unos haraganes, bastante acomodados para no tener que ganarse la vida, y sin más quehacer que pasarse el día en las tabernas y en apuestas de caballos, mal vestidos, aunque harto bien para lo que eran. Pero aun estos jóvenes pervertidos aparecían poco por casa, salvo un par de ellos que eran habituales, en todos los sentidos de la palabra. Vivían de su dinero y eran ociosos hasta decir basta, y excesivos en el vestir. Con todo, me inspiraban alguna lástima, porque se me figuraba que sólo frecuentaban nuestro desierto establecimiento a causa de cierta deformidad que cada uno de ellos padecía; esas leves deformidades que hacen reír precisamente a los burlones. Más que verdadera deformidad, se trataba de una rareza. Uno de ellos era de muy baja estatura, casi enano, o por lo menos parecía «jockey», aunque no en la cara y lo de más; tenía una cabezota negra y una barba negra muy cuidada, ojos brillantes, de pájaro; siempre andaba haciendo sonar las monedas en el bolsillo; usaba una gran cadena de oro, y siempre se presentaba tan ataviado a lo gentleman, que claro se veía que no lo era. Aunque ocioso, no era un tonto; hasta tenía un talento singular para todas las cosas inútiles; improvisaba juegos de manos, hacía arder quince cerillas a un tiempo como un castillo de artificio, cortaba un plátano o una cosa así en forma de bailarina... Se llamaba Isidore Smythe. Todavía me parece verle, con su carita trigueña, acercarse al mostrador y formar con cinco cigarrillos la figura de un canguro.

El otro era más callado y menos notable, pero me alarmaba más que el pequeño Smythe. Era muy alto y ligero, de cabellos claros, nariz aguileña, y tenía cierta belleza, aunque una belleza espectral, y un bizqueo de lo más espantoso que pueda darse. Cuando miraba de frente, no sabía uno dónde estaba uno mismo o qué era lo que él miraba. Yo creo que este defecto le amargaba un poco la vida al pobre hombre; porque, en tanto que Smythe siempre andaba luciendo sus habilidades de mono, James Welkin (que así se llamaba el bizco) nunca hacía más que empinar el codo en el bar y pasear a grandes trancos por los cenicientos llanos del contorno. Pero creo que también a Smythe le dolía sentirse tan pequeñín, aunque lo llevaba con mayor gracia. Así fue que me quedé verdaderamente perpleja y del todo desconcertada y tristísima cuando ambos; en la misma semana, me propusieron casarse conmigo.

El caso es que cometí tal vez una torpeza; al menos, eso me ha parecido a veces. Después de todo, aquellos monstruos eran mis amigos, y yo no quería por nada del mundo que se figurasen que los rehusaba por la verdadera razón del caso: su imposible fealdad. De modo que inventé un pretexto, y dije que me había prometido no casarme sino con un hombre que se hubiera abierto por sí mismo su camino en la vida, que para mí era cuestión de principios el no desposarme con un hombre cuyo dinero procediera, como el de ellos, del beneficio de la herencia. Y a los dos días de haber expuesto yo mis bien intencionadas razones comenzó el conflicto. Lo primero que supe fue que ambos se habían ido a buscar fortuna, como en el más cándido cuento de hadas.

Desde entonces no he vuelto a ver a ninguno de ellos. Pero he recibido dos cartas del hombrecillo llamado Smythe, y realmente son inquietantes.

-Y del otro, ¿no ha sabido usted más? preguntó Angus.

-No; nunca me ha escrito -dijo la muchacha después de dudar un instante-. La primera carta de Smythe decía simplemente que había salido , en compañía de Welkin con rumbo a Londres; pero, como Welkin es tan buen andarín, el hombrecillo se quedó atrás y tuvo que detenerse a descansar al lado del camino. Le recogió una compañía de saltimbanquis que casualmente pasaba por allí; y en parte porque el pobre hombre era casi un enano, y en parte por sus muchas habilidades, se arregló con ellos para trabajar en la próxima feria, y le destinaron para hacer no sé qué suertes en el Acuario. Esto decía en su primera carta. En la segunda había ya más motivo de alarma. La recibí hace apenas una semana.

El llamado Angus apuró su taza de café y dirigió a su amiga una mirada cariñosa y paciente. Ella, al continuar, torció un poco la boca, como esbozando una sonrisa:

-Supongo que en los anuncios habrá usted leído lo del «Servicio silencioso de Smythe», o será usted la única persona que no lo haya leído. Por mi parte, no estoy muy enterada; sólo sé que se trata de la invención de algún mecanismo de relojería para hacer mecánicamente todo el trabajo de la casa. Ya conoce usted el estilo de esos reclamos: «Oprime usted un botón, y ya tiene a sus órdenes un mayordomo que nunca se emborracha.» «Da usted vuelta a una manivela, y eso equivale a una docena de criadas que nunca pierden el tiempo en coqueteos, etc.» Ya habrá usted visto los anuncios. Bueno: las dichosas máquinas, sean lo que fueren, están produciendo montones de dinero, y lo están produciendo para los purísimos bolsillos del mismísimo duende con quien trabé conocimiento en Ludbury. No puedo menos de celebrar que el triste sujeto tenga éxito; pero el caso es que me aterra la idea de que, en todo momento, puede presentárseme aquí y decirme que ya ha logrado abrirse un camino, como es la verdad.

-¿Y el otro? preguntó Angus con cierta obstinada inquietud.

Laure Hope se puso en pie de un salto.

-Amigo mío -dijo-, usted es un brujo. Sí, tiene usted razón, usted es un brujo. Del otro no he llegado a recibir una sola línea. Y no tengo la menor idea de lo que será de él, o dónde habrá ido a parar. Pero es de él de quien tengo más miedo; es él quien se atraviesa en mi camino; él quien me ha vuelto ya medio loca. No, lo cierto es que ya me tiene loca del todo; porque figúrese usted que me parece encontrármelo donde estoy segura de que no puede estar, y creo oírle hablar donde es de todo punto imposible que él esté hablando

-Bueno, querida amiga -dijo alegremente el . joven-, aun cuando sea el mismo Satanás, desde el momento en que usted le ha contado a alguien el caso, su poder se disipa. Lo que más enloquece, criatura, es estarse devanando los sesos a solas. Pero, dígame ¿dónde y cuándo le ha parecido a usted ver u oír a su famoso bizcó?

-Sepa usted que he oído reírse a James Welkin tan claramente como le oigo hablar a usted -dijo la muchacha con firmeza-. ¡Y no había un alma! Porque yo estaba allí, afuera, en la esquina, y podía ver a la vez las dos calles. Además, y aunque su risa era tan extraña como su bizqueo, ya se me había olvidado su risa. Y hacia como un año que ni siquiera pensaba en él. Y lo curioso es que la primera carta de su rival (verdad absoluta) me llegó un instante después.

-Y ¿alguna vez ha hablado el espectro, o chillado o hecho alguna cosa?- preguntó Angus con interés.

Laure se estremeció, y después dijo tranquilamente:

-Si. Precisamente cuando acabé de leer la segundo carta de Isidore Smythe, en que me anunciaba su éxito, en ese mismo instante oí a Welkin decir: «Con todo, no será él quien se la gane a usted.» Tan claro como si hubiera hablado aquí dentro de la habitación. Es horrible: yo debo de estar loca.

-Si usted estuviera loca realmente -contestó el joven-, creería usted estar cuerda. Pero, en todo caso, la historia de este caballero invisible me resulta un tanto extravagante. Dos cabezas valen más que una (y ahorrémonos alusiones a los demás órganos) y así, si usted me permite que, en categoría de hombre robusto y práctico, vuelva a traer la tarta de boda que está en el escaparate...

Pero al decir esto se oyó en la calle un chirrido metálico, y un motorcito, que traía una velocidad diabólica, llegó disparado hasta la puerta de la pastelería., y paró. Casi al mismo tiempo, un hombrecito con un deslumbrante sombrero de copa saltó del motor y entró con ruidosa impaciencia.

Angus, que hasta aquí había conservado una fácil hilaridad, por razón de higiene interior, desahogó la inquietud de su alma saliendo a grandes pasos hacia la otra sala, al encuentro del recién venido. La sospecha del enamorado joven quedó confirmada a primera vista. Aquel sujeto elegante, pero diminuto, con la barbilla negra, insolentemente erguida, los ojos vivaces y penetrantes, los dedos finos y nerviosos, no podía ser otro que el hombre a quien acababan de describirle: Isidore Smythe, en suma, el hombre que hacía muñecos con cáscara de plátano y cajas de fósforos; Isidore Smythe, el hombre que hacía millones con mayordomos metálicos que no se embriagan y criadas metálicas que no coquetean. Por un instante, los dos hombres, comprendiendo instintivamente el aire de posesión con que cada uno de ellos estaba en aquel sitio, permanecieron contemplándose con esa generosidad fría y extraña que es la esencia de la rivalidad.

Pero Mr. Smythe, sin hacer la menor alusión a los motivos de antagonismo que podía haber entre ambos, dijo sencillamente, en una explosión

-¿Ha visto Miss Hope lo que hay en el escaparate?

-¿En el escaparate? -preguntó Angus asombrado.

-No hay tiempo de entrar en explicaciones -dijo con presteza el pequeño millonario-. Aquí sucede algo extraño, y hay que proceder a averiguarlo.

Señaló con su pulida caña al escaparate recientemente saqueado por los preparativos nupciales de Mr. Angus, y éste pudo ver con asombro una larga tira de papel de sellos postales pegada en la vidriera, que con toda certeza no estaba allí cuando él estuvo asomado el escaparate, minutos antes. Siguiendo al enérgico Smythe a la calle, vio que una tira de papel engomado, como de un metro, había sido cuidadosamente pegada a la vidriera, y que en el papel se leía, con caracteres irregulares: Si se casa usted con Smythe, Smythe morirá.

-Laure -dijo Angus, asomando al interior de la tienda su careta roja-. No está usted loca, no.

-Es la letra de ese tal Welkin -dijo Smythe con aspereza-. Hace años que no le veo, pero no por eso ha dejado de molestarme. En sólo estos quince días cinco veces me ha estado echando cartas amenazadoras, sin que sepa yo quién las trae, como no sea Welkin en persona. El portero jura que no ha visto a ninguna persona sospechosa; y aquí ha estado pegando esa tira de papel en un escaparate público, mientras que la gente de la confitería...

-Exactamente -concluyó Angus con modestia-, mientras que la gente de la confitería se entretiene en tomar el té. Pues bien, señor mío: permítame declararle que admiro su buen sentido en atacar tan directamente lo único que por ahora importaba. De lo demás, ya tendremos tiempo de hablar. Nuestro hombre no puede estar muy lejos, porque le aseguro a usted que no había papel alguno hace unos diez o quince minutos, cuando me acerqué por última vez al escaparate. Por otra parte, tampoco es fácil darle caza, puesto que ignoramos el rumbo que habrá tomado. Si usted, Mr. Smythe, quisiera seguir mi consejo, pondría ahora mismo el asunto en manos de un investigador experto, y mejor de un investigador privado, que no de persona perteneciente a la Policía pública. Yo conozco a un hombre inteligentísimo, que está establecido a cinco minutos de aquí, yendo en el auto de usted. Su nombre es Flambeau, y aunque su juventud fue algo tormentosa, ahora es un hombre honrado a carta cabal, y tiene un cerebro que vale oro. Vive en la casa Lucknow, que está por Hampstea.

-¡Qué coincidencial -dijo el hombrecillo frunciendo el ceño-. Yo vivo en la casa Himalaya, al volver la esquina. Supongo que usted no tendrá inconveniente en venir conmigo. Así, mientras yo subo a mi cuarto por los extravagantes documentos de Welkin, usted puede ir a llamar a su amigo el detective.

-Es usted muy amable -dijo Angus cortésmente-. Bueno; cuanto antes, mejor.

Y ambos, con improvisada buena fe, se despidieron de la dama con la misma circunspección formal, y subieron al ruidoso y pequeño auto. Mientras Smythe movía palancas y hacía doblar la esquina al vehículo, Angus se divertía en ver un gigantesco cartelón del «Servicio Silencioso de Smythe», donde estaba pintado un enorme muñeco de hierro sin cabeza, llevando una cacerola, con un letrero que decía: Un cocinero que nunca refunfuña.

-Yo mismo los empleo en mi piso -dijo el hombrín de la barba negra, riendo-. En parte por anuncio, y en parte por comodidad. Y, hablando en plata, crea usted que esos muñecones de relojería le traen a uno el carbón o le sirven el vino con más presteza que cualquier criado, simplemente con saber bien cuál es el botón que hay que oprimir en cada caso. Pero aquí inter nos, no le negaré a usted que también tienen sus desventajas.

-¿De veras? -preguntó Angus-. ¿Hay alguna cosa que no pueden hacer?

-Sí -replicó fríamente Smythe, No pueden decirme quién me echa esas cartas amenazadoras en casa.

El auto era tan pequeño y ágil como su dueño. Y es que, lo mismo que su servicio doméstico, era un artículo inventado por él. Si aquel hombre era un charlatán de los anuncios, era un charlatán que creía en sus mercancías. Y el sentimiento de que el auto era algo frágil y volador se acentuó aún más cuando entraron por unas carreteras blancas y sinuosas, a la muerta pero difusa claridad de la tarde. Las curvas blancas del camino se fueron volviendo cada vez más bruscas y vertiginosas: formaban ya unas verdaderas espirales ascendentes, como dicen las religiones modernas. Trepaban ahora por un rincón de Londres, casi tan escarpado como Edimburgo, cuando no sea tan pintoresco. Las terrazas aparecían como encaramadas unas sobre otras, y la torre de pisos a que ellos se dirigían se levantaba sobre todas a una altura egipcia, dorada por el último sol. Al volver la esquina y entrar en la placita de casas conocida por el nombre de Himalaya, el cambio fue tan súbito como el abrir una ventana de pronto: la torre de pisos se alzaba sobre Londres como sobre un verde mar de pizarra. Frente a las casas, al otro lado de la placeta de guijas, había una hermosa tapia que más parecía un vallado de zapas o un dique que no un jardín, y abajo corría un arroyo artificial, como canal, foso de aquella hirsuta fortaleza. Cuando el auto cruzó la plaza, pasó junto al puesto de un vendedor de castañas, y al otro extremo de la curva, Angus pudo ver el bulto azul oscuro de un policía que paseaba tranquilamente. En la soledad de aquel apartado barrio no se veía más alma viviente. A Angus le pareció que expresaban toda la inexplicable poesía de Londres: le pareció que eran las estampas de un cuento.

El auto llegó, lanzado como una bala, a la casa en cuestión, y allí echó de sí a su dueño como una bomba que estalla. Smythe preguntó inmediatamente a un alto conserje lleno de deslumbrantes, galones y a un criado diminuto en mangas de camisa, si alguien había venido a buscarle. Le aseguraron que nadie ni nada había pasado desde la salida del señor. Entonces, en compañía de Angus, que estaba un poco desconcertado, entró en el ascensor, que los transportó de un salto, como un cohete, hasta el último piso.

-Entre usted un instante -dijo Smythe casi sin resuello-. Voy a mostrarle a usted las cartas de Welkin. Después irá usted, en una carrera, a traer a su amigo.

Oprimió un botón disimulado en el muro, y la puerta se abrió sola.

Abrióse sobre una antesala larga y cómoda, cuyos únicos rasgos salientes, ordinariamente hablando, eran las filas de enormes muñecos mecánicos semihumanos que se veían a ambos lados como maniquíes de sastre. Como los maniquíes, no tenían cabeza, y al igual que ellos, tenían en la espalda una gibosidad tan hermosa como innecesaria, y en el pecho una hinchazón de buche de paloma. Fuera de esto, no tenía nada más de humano que esas máquinas automáticas de la altura de un hombre que suele haber en las estaciones. Dos ganchos les servían de brazos, adecuados para llevar una bandeja. Estaban pintados de verde claro, bermellón o negro, a fin de distinguirlos unos de otros. En lo demás eran como todas las máquinas, y no había para qué mirarlos dos veces. Al menos, nadie lo hizo entonces. Porque entre las dos filas de maniquíes domésticos, había algo más interesante que la mayor parte de los mecanismos que hay en el mundo: había un papel garrapateado con tinta roja, y el ágil inventor lo había percibido al instante. Lo recogió y se lo mostró a Angus sin decir palabra. La tinta todavía estaba fresca. El mensaje decía así: Si has ido hoy a verla, te mataré.

Tras un instante de silencio, Isidore Smythe dijo tranquilamente:

-¿Quiere usted un poco de whisky? Yo tengo antojo de tomar una copita.

-Gracias. Prefiero un poco de Flambeau -dijo Angus poniéndose tétrico-. Me parece que esto se pone grave. Ahora mismo voy por mi hombre.

-Tiene usted razón -dijo el otro con admirable animación-. Tráigalo usted lo más pronto posible.

Al tiempo de cerrar la puerta tras de sí, Angus vio que Smythe oprimía un botón, y uno de los muñecos se destacaba de la fila y, deslizándose por una ranura del piso, volvía con una bandeja en que se veían un sifón y un frasco. Esto de abandonar a aquel hombrecillo solo en medio de aquellos criados muertos, que habían de comenzar a animarse en cuanto Angus cerrara la puerta, no dejaba de ser algo funambulesco.

Unas seis gradas más abajo del piso de Smythe, el hombre en mangas de camisa estaba haciendo algo con un cubo. Angus se detuvo un instante para pedirle -fortificando la petición con la perspectiva de una buena propina- que permaneciera allí hasta que él regresara acompañado del detective, y cuidara de no dejar pasar a ningún desconocido. Al pasar por el vestíbulo de la casa hizo el mismo encargo al conserje, y supo de labios de éste que la casa no tenía puerta posterior, lo cual simplificaba mucho las cosas. No contento con semejantes precauciones, dio alcance al errabundo policía, y le encargó que se apostara frente a la casa, en la otra acera, y vigilara desde allí la entrada. Y, finalmente, se detuvo un instante a comprar castañas, y le preguntó al vendedor hasta qué hora pensaba quedarse en aquella esquina.

El castañero alzándose el cuello del gabán, le dijo que no tardaría mucho en marcharse, porque parecía que iba a nevar. Y, en efecto, la tarde se iba poniendo cada vez más oscura y triste. Pero Angus, apelando a toda su elocuencia, trató de clavar al vendedor en aquel sitio.

-Caliéntese usted con sus propias castañas -le dijo con la mayor convicción-. Cómaselas todas, yo se lo pagaré. Le daré a usted una libra esterlina si no se mueve de aquí hasta que yo vuelva, y si me dice si ha entrado en aquella casa donde está aquel conserje de librea, algún hombre, mujer o niño.

Y echó un último vistazo a la torre sitiada. «Como quiera, le he puesto un cerco al piso de ese hombre -pensó-. Ido es posible que los cuatro sean cómplices de Welkin.»

La casa Luclmow estaba en un plano más bajo que aquella colina de casas en que la Himalaya representaba la cumbre.

El domicilio semioficial de Flambeau estaba en un bajo, y, en todos sentidos, ofrecía. el mayor contraste con aquella maquinaria americana y lujo frío de hotel del «Servicio Silencioso». Flambeau, que era amigo de Angus, recibió a éste en un rinconcillo artístico y abigarrado que estaba junto a su estudio, cuyo adorno eran multitud de espadas, arcabuces, curiosidades orientales, botellas de vino italiano, cacharros de cocina salvaje, un peludo gato persa y un pequeño sacerdote católico romano de modesto aspecto, que parecía singularmente inadecuado para aquel sitio.

-Mi amigo el padre Brown -dijo Flambeau-. Tenía muchos deseos de presentárselo a usted. Un tiempo excelente, ¿eh? Algo fresco para los meridionales, como yo.

-Sí, creo que va a aclarar -dijo Angus, sentándose en una otomana a rayas violetas.

-No -dijo el sacerdote-. Ha comenzado a nevar.

Y en efecto, como lo había previsto el castañero, a través de la nublada vidriera se podían ver ya los primeros copos.

-Bueno -dijo Angus con aplomo-. El caso es que yo he venido a negocios, y a negocios de suma urgencia. El hecho es, Flambeau, que a una pedrada de esta casa hay en este instante un individuo que necesita absolutamente los auxilios de usted. Un invisible enemigo le amenaza y persigue constantemente, un bribón a quien nadie ha logrado sorprender.

Y Angus procedió a contar todo el asunto de Smythe y Welkin, comenzando con la historia de Laure y continuando con la suya propia, sin omitirlo de la carcajada sobrenatural que se oyó en la esquina de las dos calles solitarias, y las extrañas y distintas palabras que se oyeron en el cuarto desierto. Flambeau se fue poniendo más y más preocupado, y el curita pareció irse quedando fuera de la conversación, como un mueble. Al llegar al punto de la banda de papel pegada en la vidriera del escaparate, Flambeau se puso de pie y pareció llenar la salita con su corpulencia.

-Si le da a usted lo mismo -dijo-, prefiero que me lo acabe de contar por el camino. Creo que no debemos perder un instante.

-Perfectamente -dijo Angus, también levantándose-. Aunque, por ahora, mi amigo está completamente seguro, porque tengo a cuatro hombres vigilando el único agujero de su madriguera.

Salieron a la calle seguidos del curita, que trotaba en pos de ellos con la docilidad de un perro faldero. Como quien trata de provocar la charla, el curita decía:

-Parece mentira cómo va subiendo la capa de nieve, ¿eh?

Al entrar en la pendiente calle vecina, ya toda espolvoreada de plata, Angus dio al fin término a su relato. Al llegar a la placita donde se alzaba la torre de habitaciones, Angus examinó atentamente a sus centinelas. El castañero, antes y después de recibir la libra esterlina, aseguró que había vigilado atentamente la puerta y no había visto entrar a nadie. El policía fue todavía más elocuente: dijo que tenía mucha experiencia en toda clase de trampistas y pícaros, ya disfrazados con sombrero de copa o ya disimulados entre harapos, y que no era tan bisoño como para figurarse que la gente sospechosa se presenta con apariencias sospechosas; que había vigilado atentamente, y no había visto entrar un alma. Esta declaración quedó rotundamente confirmada cuando los tres llegaron adonde estaba el conserje de los galones.

-Yo -dijo aquel gigante de los deslumbradores lazos- tengo derecho a preguntar a todo el mundo, sea duque o barrendero, qué busca en esta casa, y aseguro que nadie ha aparecido por aquí durante la ausencia de este señor.

El insignificante padre Brown, que estaba vuelto de espaldas y contemplando el pavimento modestamente, se atrevió a decir con timidez:

-¿De modo que nadie ha subido y bajado la escalera desde que empezó a nevar? La nieve comenzó cuando estábamos los tres en casa de Flambeau.

-Nadie ha entrado aquí, señor, puede usted confiar -dijo el conserje, con una cara radiante de autoridad.

-Entonces, ¿qué puede ser esto? preguntó el sacerdote, mirando con absorta mirada el suelo. Los otros hicieron lo mismo, y Flambeau lanzó un juramento e hizo un ademán francés. Era incuestionable que, por mitad de la entrada que custodiaba el de los lazos de oro, y pasando precisamente por entre las arrogantes piernas de este coloso, corría la huella gris de unos pies estampados sobre la nieve.

-¡Dios mío! -gritó Angus sin poder contenerse-. ¡El Hombre Invisible!

Y, sin decir más, se lanzó hacia la escalera, seguido de Flambeau. Pero el padre Brown, como si hubiera perdido todo interés en aquella investigación, se quedó mirando la calle cubierta de nieve.

Flambeau se disponía ya a derribar la puerta con los hombros; pero el escocés, con mayor razón, si bien con menos intuición, buscó por el marco de la puerta el botón escondido. Y la puerta se abrió lentamente.

Y apareció el mismo interior atestado de muñecos. El vestíbulo estaba algo más oscuro, aunque aquí y allá brillaban las últimas flechas del crepúsculo, y una o dos de las máquinas acéfalas habían cambiado de sitio, para realizar algún servicio, y estaban por ahí, dispersas en la penumbra. Apenas se distinguía el verde y rojo de sus casacas, y por lo mismo que los muñecos eran menos visibles, era mayor su aspecto humano. Pero en medio de todas, justamente en el sitio donde antes había aparecido el papel escrito con tinta roja, había algo como una mancha de tinta roja caída del tintero. Pero no era tinta roja.

Con una mezcla, muy francesa, de reflexión y violencia, Flambeau dijo simplemente:

- ¡Asesinato!

Y entrando decididamente en las habitaciones, en menos de cinco minutos exploró todo rincón y armario. Pero, si esperaba dar con el cadáver, su esperanza salió fallida. Lo único evidente era que allí no estaba Isidore Smythe, ni muerto ni vivo. Tras laboriosas pesquisas, los dos se encontraron otra vez en el vestíbulo con caras llameantes.

-Amigo mío -dijo Flambeau sin darse cuenta de que, en su excitación, se había puesto a hablar en francés-. El asesino no sólo es invisible, sino que hace invisibles a los hombres que mata.

Angus paseó la mirada por el penumbroso vestíbulo, lleno de muñecos, y en algún repliegue céltico de su alma escocesa hubo un estremecimiento de pánico. Uno de aquellos aparatos de «tamaño natural» estaba cerca de la mancha de sangre, como si el hombre atacado le hubiera hecho venir en su auxilio un instante antes de caer. Uno de los ganchos que le servían de brazos estaba algo levantado, y por la cabeza de Angus pasó la fantástica y espeluznante idea de que el pobre Smythe había muerto a manos de su hijo de hierro. La materia se había sublevado, y las máquinas habían matado a su dueño. Pero aun en este absurdo supuesto, ¿qué habían hecho del cadáver?

-¿Se lo habrán comido? murmuró a su oído la pesadilla.

Y Angus se sintió desfallecer ante la imagen de aquellos despojos humanos desgarrados, triturados y absorbidos por aquellas relojerías sin cabeza.

Con gran esfuerzo logró recobrar su equilibrio, y dijo a Flambeau:

-Bueno; esto es hecho. El pobre hombre se ha evaporado como una nube, dejando en el suelo una raya roja. Esto es cosa del otro mundo.

-Sea de éste o del otro -dijo Flambeau-, sólo una cosa puedo hacer:, bajemos a llamar a mi amigo.

Bajaron, y el hombre del cubo les aseguró, al pasar, que no había dejado subir a nadie, y lo mismo volvieron a asegurar el conserje y el errabundo castañero. Pero cuando Angus buscó la confirmación del cuarto vigilante, no pudo encon… no pudo encontrarlo, y preguntó con inquietud:

-¿Dónde está el policía?

-Mil perdones; es culpa mía -dijo el padre Brown-. Acabo de enviarle a la carretera para averiguar una cosa... una cosa que me parece que vale la pena averiguar.

-Pues necesitamos que regrese pronto –dijo Angus con rudeza-, porque aquel desdichado no sólo ha sido asesinado, sino que su cadáver ha desaparecido.

-¿Cómo? preguntó el sacerdote.

-Padre -dijo Flambeau tras una pausa-. Creo realmente que eso le corresponde a usted más que a mí. Aquí no ha entrado ni amigo ni enemigo, pero Smythe se ha eclipsado, lo han robado los fantasmas. Si no es esto cosa sobrenatural, yo...

Pero aquí llamó la atención de todos un hecho extraño el robusto policía azul acababa de aparecer en la esquina y venía corriendo. Se dirigió a Brown y le dijo jadeando:

-Tenía usted razón, señor. Acaban de encontrar el cuerpo del pobre Mr. Smythe en el canal. Angus se llevó las manos a la cabeza.

-¿Bajó él mismo? ¿Se echó al agua? -preguntó.

-No, señor; no ha bajado, se lo juro a usted -dijo el policía-. Tampoco ha sido ahogado, sino que murió de una enorme herida en el corazón.

-¿Y nadie ha entrado aquí? preguntó Flambeau con voz grave.

-Vamos a la carretera -dijo el cura.

Y al llegar al extremo de la plaza, exclamó de pronto:

-¡Necio de mí! Me he olvidado de preguntarle una cosa al policía: si encontraron también un saco gris.

-¿Por qué un saco gris? -preguntó sorprendido Angus.

-Porque si era un saco de otro color, hay que comenzar otra vez -dijo el padre Brown-. Pero si era un saco gris, entonces le hemos dado ya.

-¡Hombre, me alegro de saberlo! -dijo Angus con acerba ironía-. Yo creí que ni siquiera habíamos comenzado, por lo que a mí toca al menos.

-Cuéntenos usted todo -dijo Flambeau con toda la candidez de un niño.

Inconscientemente, habían apresurado el paso al bajar a la carretera, y seguían al padre Brown, que los conducía rápidamente y sin decir palabra.

Al fin abrió los labios, y dijo con una vaguedad casi conmovedora:

-Me temo que les resulte a ustedes muy prosaico. Siempre comienza uno por lo más abstracto, y aquí, como en todo, hay que comenzar por abstracciones.

Habrán ustedes notado que la gente nunca contesta a lo que se le dice. Contesta siempre a lo que uno piensa al hacer la pregunta, o a lo que se figura que está uno pensando. Supongan ustedes que una dama le dice a otra, en una casa de campo: «¿Hay alguien contigo?» La otra no contesta: «Sí, el mayordomo, los tres criados, la doncella, etc.», aun cuando la camarera esté en el otro cuarto y el mayordomo detrás de la silla de la señora, sino que contesta: «No; no hay nadie conmigo», con lo cual quiere decir: «no hay nadie de la clase social a que tú te refieres». Pero si es el doctor el que hace la pregunta, en un caso de epidemia «¿Quién más hay aquí?», entonces la señora recordará sin duda al mayordomo, a la camarera, etc. Y así se habla siempre. Nunca son literales las respuestas, sin que dejen por eso de ser verídicas. Cuando estos cuatro hombres honrados aseguraron que nadie había entrado en la casa, no quisieron decir que ningún ser de la especie humana, sino que ninguno de quien se pudiera sospechar que era el hombre en quien pensábamos. Porque lo cierto es que un hombre entró y salió, aunque ellos no repararon en él.

-¿Un hombre invisible? preguntó Angus, arqueando las cejas rojas.

-Mentalmente invisible -dijo, precisando, el padre Brown.

Y uno o dos minutos después continuó en el mismo tono, como quien medita en voz alta: -Es un hombre en quien no se piensa, como no sea premeditadamente. En esto está su talento. A mí se me ocurrió pensar en él por dos o tres circunstancias del relato de Mr. Angus. La primera, que Welkin era un andarín. La segunda, la tira de papel pegada al escaparate. Después (y es lo principal), las dos cosas que contó la joven, y que pudieran no ser absolutamente exactas... No se incomode usted -añadió- advirtiendo un movimiento de disgusto del escocés-. Ella creyó que eran verdad, pero no era posible que fueran verdad. Un instante después de haber recibido una carta en la calle no se está completamente solo. Ella no estaba completamente sola en la calle al detenerse a leer una carta recién recibida. Alguien estaba a su lado, aunque ese alguien fuese mentalmente invisible.

-Y ¿por qué había de estar alguien junto a ella? -preguntó Angus.

-Porque -dijo el padre Brown--, excepto las palomas mensajeras, alguien tiene que haberle llevado la carta.

-¿Quiere usted decir -preguntó Flambeau precisando- que Welkin le llevaba a la joven las cartas de su rival?

-Sí -dijo el sacerdote-. Welkin le llevaba a su dama las cartas de su rival. No puede haber sido de otro modo.

-No lo entiendo -estalló Flambeau-. ¿Quién es ese sujeto? ¿Cómo es? ¿Cuál es el disfraz o apariencia habitual de un hombre mentalmente invisible?

-Su disfraz es muy bonito. Rojo, azul y oro -dijo al instante el sacerdote-. Y con este disfraz notable y hasta llamativo, nuestro hombre invisible logró penetrar en la casa Himalaya, burlando la vigilancia de ocho ojos humanos; mató a Smythe con toda tranquilidad, y salió otra vez llevando a cuestas el cadáver...

-Reverendo padre -exclamó Angus, deteniéndose-. ¿Se ha vuelto usted loco, o soy yo el loco?

-No, no está usted loco -explicó Brown-. Simplemente, no es usted muy observador. Usted nunca se ha fijado en hombres como éste, por ejemplo.

Y diciendo esto, dio tres largos pasos y puso la mano sobre el hombro de un cartero que, a la sombra de los árboles, había pasado junto a ellos sin ser notado.

-Sí -continuó el sacerdote reflexionando-, nadie se fija en los carteros y, sin embargo, tienen pasiones como los demás hombres, y a veces llevan a cuestas unos sacos enormes donde cabe muy bien el cadáver de un hombre de pequeña estatura.

El cartero, en lugar de volverse, como hubiera sido lo natural, se había metido, chapuzando y dando traspiés, en la zanja que corría junto al jardín. Era un hombre flaco, rubio, de apariencia ordinaria; pero al volver a ellos el azorado rostro, los tres vieron que era más bizco que un demonio.

Flambeau volvió a sus espadas, a sus tapices rojos y a su gato persa, porque tenía muchos negocios pendientes. John Turnbull Angus volvió al lado de la confitera, con quien el imprudente joven logró arreglárselas muy bien. Pero el padre Brown siguió recorriendo durante varias horas aquellas colinas llenas de nieve, a la luz de las estrellas y en compañía de un asesino. Y lo que aquellos dos hombres hablaron nunca se sabrá.

martes 2 de junio de 2009

Los Pocillos - Mario Benedetti

Mario Benedetti / Los Pocillos / Tomado de Montevideanos (1959 )

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.
"No."
"¿Querés que te sea sincero?"
"Claro."
"Me parece una idiotez de tu parte."
"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.
"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."
"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.
Yo tampoco creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."
"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.
"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.
"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."
"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."
"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
"Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No lo dejes hervir", dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."
FIN

Filosofía y bachillerato / David Calerdón

Filosofía y bachillerato
David CalderónMiércoles, 27 de mayo de 2009

¿Pasó usted por la preparatoria, la vocacional o el bachillerato? En el transcurso de ese nivel educativo, denominado genéricamente "educación media superior" (EMS), se dio para la mayoría de nosotros el primer contacto con la filosofía. Para muchos, la experiencia no fue satisfactoria. Ese contacto se dio, para usar las metáforas viales, en la amplia gama que va desde el alcance -defensazo, raspón y pérdida de tiempo, pero no mucho que lamentar- hasta el arrollamiento con pérdida total.¿A qué me refiero? A que la lógica se redujo a resolver silogismos aburridísimos; la ética a confusos y desestructurados diálogos sobre dilemas morales -o sobre los oscuros motivos de protagonistas de películas-, y la estética a un recuento de las ideas de pensadores fallecidos. La principal pregunta que desató en mis compañeros la mayoría de las sesiones fue: "¿Y a mí qué?", a veces dando paso a: "¿Y esto cuándo se acaba?". Recuerdo con escalofrío el grito del profesor: "¡Cállate, imbécil! ¿Qué no ves que estoy hablando de la dignidad de la persona?".El convencimiento de que aquello era inútil, en el más profundo sentido de la palabra, no se disipó con el tiempo, al menos para la mayoría de mis contemporáneos. No sólo no lo apreciaron, ya como adultos, como algo que sumó a sus capacidades y sentido de vida; les produjo un desapego a todo lo que se presentara como "filosófico".Hoy no visitan la parte de la librería con el rótulo correspondiente, no releyeron espontáneamente a Aristóteles o a Rousseau, o a Kierkegaard, y mucho menos les atrae participar en un congreso o visitar un blog de filósofos que se presenten como tales. Su mejor oportunidad de revisitar algún autor o tema de la abandonada provincia filosófica se da cuando lo saca a cuento algún libro de superación personal o de estrategia financiera.Este recuento de daños viene a colación por el reciente debate en torno a las materias de filosofía en el bachillerato. La SEP ha convocado a un proceso de reforma de este nivel educativo, con un buen nivel de consenso entre las distintas autoridades que ofrecen este ciclo formativo. Su diseño ha seguido un trayecto mucho más consistente y sólido, comparado con que lo que ocurrió con la secundaria en el sexenio pasado y con la primaria en el actual; de hecho, se hizo muy bien. Y mejor se hizo cuando se tocó a rebato las campanas para indicar que las humanidades, y en concreto la filosofía, habían desaparecido en el nuevo diseño.El Observatorio Filosófico de México desplegó un apasionado y convincente trabajo para cuestionar a la SEP al respecto, a partir de un desplegado publicado el 30 de marzo. Siguió un intercambio intenso, en el que el subsecretario de EMS reaccionó con velocidad y tino. El primer cierre de capítulo se dio cuando, en acuerdo con el propio Székely, Raymundo Morado expuso a los secretarios de Educación del país las demandas del Observatorio Filosófico y propuso un mecanismo de interlocución para poner en contacto a la comunidad filosófica y las autoridades educativas. En resumen, se corrigió la "invisibilidad" y se alcanzó una primera plataforma en la que todos ganan, sentando un precedente de construcción ampliada de la política educativa.Morado pone el dedo en la llaga cuando expresa que: a) es fácil caer en la trampa de lo "transversal" y dejar a todos -a nadie- la responsabilidad de desarrollar ciertas capacidades; b) es un gran error enviar a un profesor a conducir las asignaturas filosóficas cuando su preparación profesional está muy lejana a lo necesario. Discrepo, sin embargo, de su afirmación de que "...una verdadera educación filosófica sólo se puede obtener a través de verdaderas asignaturas filosóficas... con título, temas, contenidos y metodologías estrictamente filosóficos".Ya en el siglo XVIII, el agudo Kant exigía que la filosofía "saliera de la escuela", que se convirtiera en ilustración, en Denkungsart, en el modo común de pensar. No vamos a avanzar con una nueva escolástica que pretenda que los licenciados en filosofía están, sólo por el título, en mejores condiciones de propiciar el pensamiento crítico en los jóvenes de nuestro sistema educativo.No son las asignaturas las que garantizan el éxito, sino la competencia filosófica y pedagógica de cada profesor. Ahora la comunidad filosófica contrae con todos nosotros un importante compromiso: que los egresados de filosofía no se reduzcan a balbuceantes nerds, bohemios impresionistas y obscuros discursantes, sino que se puedan plantar como auténticos educadores profesionales.

miércoles 6 de mayo de 2009

Sobre los trabajos finales de Semiótica

A los alumnos de Semiótica se les informa que:

1. El regreso a las actividades académicas es el jueves 7 de mayo.
2. Ya que varios alumnos solicitaron asesoría vía electrónica, las entregas no se pospondrán más allá de lo pactado a nivel federal.
2. La fecha de entrega del trabajo final será la siguiente:
a) Para los alumnos que toman clase martes y jueves, será el jueves 7. Las exposiciones serán de acuerdo al orden establecido en el salón, sólo las fechas se recorren. De tal suerte que aquellos que tenían que exponer el martes 5, expondrán el jueves 7; los restantes expondrán el martes 12 de mayo.
b) Los alumnos que toman clases lunes y miércoles, entregarán el lunes 11 y expondrán las dos sesiones de acuerdo a lo planeado.
c) Los alumnos que toman clases los lunes y viernes, entregarán el viernes 8, tomando como fecha de exposición ese mismo día.

Cabe mencionar que EL USO DE CUBREBOCAS ES OBLIGATORIO.

Por favor, anuncien lo antes dicho a quienes puedan.

miércoles 29 de abril de 2009

A los miembros de la Comunidad Universitaria Anáhuac

Huixquilucan, Estado de México. 29 de abril de 2009.
La Universidad Anáhuac ratifica el apego a las disposiciones del Gobierno Federal relacionadas con la contingencia sanitaria, a raíz del brote de influenza porcina que afecta a todo el país.
Con base en lo anterior, informamos:
1. Se mantiene la suspensión de las actividades escolares hasta el martes 5 de mayo, reanudándose las mismas el miércoles 6 de mayo, salvo disposición en contrario de las autoridades federales.
2. Las actividades de acción social, culturales, deportivas y los eventos académicos programados para estas fechas han sido postergados hasta nuevo aviso.
3. A partir de las 15.00 horas del día de hoy se suspende toda actividad administrativa en el campus. La Universidad permanecerá cerrada hasta el próximo 5 de mayo. Las labores administrativas se reanudarán también el día miércoles 6 de mayo, salvo disposición en contrario de las autoridades federales.
4. En este periodo, únicamente tendrán acceso a la Universidad las personas autorizadas previamente por la Vicerrectoría de Finanzas y Administración.
5. Los ajustes al calendario escolar se comunicarán una vez reanudadas las actividades escolares.
6. El Instituto de Salud Pública Anáhuac (ISPA) continúa participando activamente en la promoción de medidas preventivas y en la difusión de la información relevante, relacionada con esta emergencia sanitaria. Sugerimos consultar la información desplegada en www.anahuac.mx/cienciasdelasalud/blog y enviar sus dudas y consultas a nuestros médicos especialistas.
AtentamenteUniversidad Anáhuac

lunes 27 de abril de 2009

Sobre la influenza

Por este medio, les pido a mis alumnos lo siguiente:

1. Estén atentos a las medidas de salud emitidas por las instancias oficiales.
2. Estar al pendiente de la página web de la Universidad Anáhuac.
3. Seguir con sus trabajos finales y, en caso de requerir asesoría, escribir a mis correos (jaforzan@gmail.com; jforzan@anahuac.mx)
4. Las entregas quedan en las fechas pactadas, a menos que se cancele en específico el día señalado. Hay que estar listos para regresar a la "normalidad" en cualquier momento.

Saludos y muchas gracias.